Mal hechos y extraordinarios

Estamos mal hechos y somos extraordinarios. Si, muy mal hechos.

Nos pasamos la vida perdiendo cosas, pero gracias a ello sabemos lo que se siente cuando recuperamos algo.

Nos despedimos, pero siempre con la esperanza de volvernos a encontrar. Todos hemos querido convertir un adiós en un hasta luego.

No hay abrazos más fuertes que los que se dan cuando parecía que no iba a haber más abrazos. Hemos encontrado la manera de hacernos daño para después sentir el placer de curarnos.

Hemos descubierto el método de herir a alguien tan profundamente que cuando nos perdonan no hay palabras que valgan. Hemos encontrado la fórmula de la calma después del caos.

Sabemos pasarnos años preocupándonos por cosas que no tienen importancia para, el día que de verdad nos pasa algo grande, poder mirar atrás y decir “ahora sí”.

Se nos da fenomenal dejar gente en el camino, porque pasados los años sabemos no acordarnos de lo malo y así tener la sensación de que al final sólo queda lo bueno. Siempre hay algo bonito en querer echar de menos.

Perdemos lo que tenemos, incluso a propósito, porque siempre necesitamos que alguien nos recuerde lo que de verdad queremos.

Nos inventamos motivos para estar tristes porque hemos llegado a encontrar el punto de placer en el dolor. Hemos aprendido a saborear el blues de un cigarro con Sabina de fondo a las tres de la mañana mientras libramos nuestra propia batalla personal.

Retrasamos lo que no queremos que llegue porque nos hemos convencido de que no somos capaces de hacerlo. Porque así, cuando inevitablemente llega, somos también capaces de demostrar que no éramos tan débiles. Que somos capaces de todo.

Destruimos lo que nos rodea. Eso se nos da muy bien. Lo hacemos a posta y también sin querer. Porque nunca está demás sacar pecho cuando terminamos de reconstruir algo.

Llegamos tarde porque así nos reafirmamos en la idea de que más vale tarde que nunca. Porque quien ríe último, se supone que ríe mejor.

Sentimos la necesidad imperiosa de querer a alguien que no nos quiere en algún momento porque, a fin de cuentas, no hay conciencia más tranquila que la de quien lo ha puesto todo por su parte.

Hacemos lo que siempre prometimos que no haríamos porque es la única manera en la que aprendemos a conocernos a nosotros mismos, a saber hasta dónde somos capaces de llegar. La tentación es un espejo en el que nos miramos y siempre nos sorprendemos.

Decimos “no puedo” porque solamente nosotros podemos retarnos a nosotros mismos a hacer lo que nunca imaginamos que podríamos hacer. Porque nos encanta convertir ese no puedo en un lo conseguí.

Somos capaces de creer en lo que no podemos ver ni tocar porque es nuestra manera particular de llenar el vacío.
Le quitamos importancia al amor porque cuanto más te niegas a querer, más gente te pone la vida en el camino para que quieras.

Preferimos que nos quieran a que nos necesiten, porque querer algo nos hace libres, necesitarlo nos ata de pies y manos. No hemos inventado nada mejor que darle al otro la opción de elegir. Eso nos hace automáticamente más valiosos, cuando lo más fácil sería hacernos imprescindibles.

Estamos mal hechos, pero somos extraordinarios. Somos extraordinarios precisamente por eso.

Fuente: Este texto pertenece a El Cajón de Gatsby.

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