Del otro lado de la vidriera

Se detuvo a contemplar lo que había tras de los vidrios bien iluminados. Siempre le habían llamado la atención esos maniquíes a los que les habían pintado sonrisas de labios rojos, o una narices o sólo los ojos. Nunca todo junto. Le hacía pensar en la existencia que él mismo llevaba. Fragmentada, esquizofrénica. Jamás podía tenerlo todo. A veces podía disfrutar del aroma de un pan recién horneado, pero no podía tenerlo. A veces podía tener un trozo de él y saborearlo dentro lo posible, pero como ya llevaba algunos días, ya no soltaba ese aroma cálido, sabroso.

Pensaba lo interesante que debía ser estar allí adentro, presionando una tecla tras otra en esa caja de guardar dinero, eligiendo y descartando ropa, jugando a ser otros… Él que llevaba puestos esos pantalones gastados y extremadamente sueltos, desde hace un mes. La falta de trabajo en la Gran Manzana puede ser muy cruel.

Miraba su reflejo en el vidrio y pensaba que detrás de ellos había otro mundo…. Otro mundo al que no iba a poder acceder. Ni siquiera el asomo de hacer un paso, porque seguramente la chica de la caja, que a veces le dedicaba una mirada fugaz de desconfianza, le iba a pedir que se retire.

…..


Casi como un ritual, ese hombre se acercaba a diario y se detenía a mirar la vidriera. Ella lo sentía como una provocación, como una burla hacia su condición de encierro, de modo que jamás iba a acercarse a decirle nada. Si él quería entrar a la tienda que lo hiciera. Después de todo, si ella se asfixiaba, era justo que él lo estuviera. A él, aíre le sobraba. Podría sobrevivir.

Cada vez que él se iba, se levantaba y alejaba del mostrador. Con sigilo, se acercaba a la vidriera, siempre con la esperanza de que el vidrio la duplicara. Pero llegaba una y otra vez a la misma conclusión: hasta el reflejo de sí misma le habían robado. Esa ciudad de pasos agigantados y veloces, en donde si uno no se cuida, pierde entre tanto barullo y luces, su identidad.

Qué bien debe sentirse el afuera, tanto aire, tanta libertad, tan poco encierro – pensó. Ya no recordaba lo que era el olor a donuts recién salidas del horno porque cuando regresaba a su habitación de alquiler, todo estaba oscuro y cerrado. No todos podían darse el lujo de deambular por las calles, todos los días, y detenerse a contemplar vidrieras. Pensó que nadie te leía la letra chica del contrato de lo que era vivir en la Gran Manzana.

 

De uno y del otro lado, la vidriera ofrece otro mundo. Y siempre queremos estar en ese otro mundo. No en el propio.

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