Aniñarse: detox del adulto que llevamos dentro

4 lecturas para desintoxicarse del adulto que somos .

Rayuela- Julio Cortázar
La rayuela se juega con una piedrita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes: una acera, una piedrita, un zapato, y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores.
En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo; lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar.
Y porque se ha salido de la infancia se olvida que para llegar al Cielo se necesitan, como ingredientes, un piedrita y la punta de un zapato.

La siesta- Claudia Masin
Está sobre entendido, es un hecho que los chicos tienen permisos que deben abandonar cuando es el tiempo: uno de ellos es el de ese lenguaje libre, desmañado (…) Un día renuncié al habla pequeña y confusa que era la mía (…) el silencio era áspero, incómodo y todos querían sacarme de él. (…) Pero ese silencio resistía, era el modo en que la infancia había quedado minada en mi (…) Yo no entendía las fórmulas, el lenguaje vacío que sirve para hacer saber que se está vivo y en comunicación con los demás, el lenguaje usado como una pala, tosco y necesario. Las palabras para mi eran piedras en bruto, talladas por la locura de los elementos, por su desobediencia, y por eso las amaba (…) No quería perder ni la infancia, ni su lenguaje, rechazaba la prepotencia del ventrílocuo, hablado él mismo por fuerzas que no ve ni comprende. Igual ya sabía que todo lo que parecer estar muerto o callado un día despierta, cargado con la rabia de tantos años de cautiverio y como los tornados o terremotos imparables, ese día – indefectiblemente- habla, y a lo que había en pie lo deja en ruinas, a merced del viento que atraviesa las paredes derrumbadas, incapaces ahora de encerrar a nadie.

Contemplar el Océano – Dominique Ané
Antes, de niños, nos subíamos todos, campesinos y citadinos, al remolque del tractor para ir a buscar los rollos de forraje amontonados en un campo debajo de una lona. Alzada la lona, nos zambullíamos en el forraje fermentado, felices de impregnarnos de su olor, que hacía gritar a nuestros padres al volver a casa. Unos chicos rodando en el forraje. Las líneas de demarcación, nítidas, irrevocables, aún no estaban trazadas.

Memoria del Vuelo- Galeano
Hace ya unos cuantos años, en mis tiempos de exilio en la costa catalana, escuché un estimulante comentario de una niña, de ocho o nueve años, que si mal no recuerdo se llamaba Soledad.
Estábamos echando unos tragos con sus padres, exiliados como yo, cuando esa amorosa criatura me llamó aparte y me preguntó:
–¿Y vos qué hacés?
–Y… yo… escribo.
–¿Escribís libros?
–Y… sí.
–A mí no me gustan los libros –sentenció ella.
Y como me tenía contra las cuerdas, golpeó.
Dijo:
–Los libros están quietos. A mí me gustan las canciones. Las canciones vuelan.
Desde mi encuentro con aquel angelito de Dios, he intentado cantar. Nunca pude, ni en la ducha. Cada vez que lo intento, los vecinos gritan que ese perro se deje de ladrar.

 

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