Yo Torturé – La dimensión Desconocida- Nona Fernández

De una belleza dolorosa. Esta es la mejor forma que tengo para resumir lo que encontré en “La Dimensión desconocida” de Nona Fernández.

Una belleza dolorosa porque te pone de frente a la barbarie de un país en dictadura, que hace de los secuestros, torturas, degollamientos y desapariciones algo cotidiano. Pero también algo cercano. Cercano porque el lector no puede dejar de sentirse parte de lo que pasa. No permanece ajeno al relato.

“Me ordenaron que le amarrar los pies y las manos al Pelao. 

Me ordenaron que le pusiera piedras.

Me ordenaron que lo empujara por el acantilado”.

“Fijar para que el mensaje no se borre, para que lo que aún no entendemos alguien en el futuro lo descifre. Fijar para anclar a tierra, para dar peso y gravedad, para que nada salga disparado al espacio y se pierda”.

Una belleza que duele porque ocurrió. Acá y allá.
Ni siquiera ella, la autora, permanece inmune a los hechos. Al relato. A ese otro relato que lee, escucha, ve y vive. Al relato de Andrés Valenzuela, un ex agente de inteligencia que no soporta más la carga, la de todos los muertos que ejecutó, la de todas las torturas que vio, las de todas aquellas que facilitó. Lleva esa historia en las pupilas, desde que leyó de niña “YO TORTURÉ”. Desde que decidió no mirar de costado lo que muchos pateaban debajo de la alfombra.

¿Cuántos rostros puede contener un ser humano?

El hombre que torturaba se saca un peso de encima, al brindar su testimonio, al dar datos, al precisar nombres. Se saca un peso de encima para compartirlo en el hombro de otros. Otros que no serán los mismos después de leer a Nona Fernández.

“Familiares de detenidos desaparecidos encienden velas frente a la Catedral (…)
Quiero decirle que si, que tiene razón, que esto es una fiesta, pero es una fiesta de mierda. No merecemos cumpleaños como este. Nunca los merecimos. Ni ella, ni yo. Ni Maldonado, ni X y su hijita L, ni F y su madre, ni N y la pequeña S, ni M ni D, ni Alexandra, ni Mario, ni Yuri, ni Evelyn, ni los hijos de nadie, ni los nietos de nadie.
Soplamos e intentamos apagar de una vez y para siempre el fuego de todas las velas de esta torta de mierda.”

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