La promesa que no fue

 

Yo muy decidida a que salga y vos con tu discurso de “si tiene que ser, será”. La excusa de quien no está muy dispuesto a dejarlo todo en la cancha. La tibieza que caracteriza cada uno de tus movimientos conmigo. Sólo conmigo. La razón para dar el próximo paso y poner en jaque mate al rey (y a la reina). 

No fue triste pero si que fue difícil ponerle un moño a la historia. Y aunque puede decirse que seguí mi vida de un modo más o menos decente, a veces me siento un equilibrista.

Y es que de ratos siento que no esa charla no fue el salto al abismo, sino el impulso para continuar la carrera. Es que, como todo lo que sos, nos quedamos a la mitad. Tus finales son más bien puntos suspensivos. Tus en punto son siempre y cuarto.

Sigo caminando en la misma dirección, con todo el riesgo que eso implica y aunque una de tus promesas me da miedo. Porque si algo que te define es que siempre tirás una perfecta combinación de palabras al viento, de esas que endulzan el oído pero que no te comprometen con nada. Pero de prometer, sos poco y cuando lo hacés, no hay quien te detenga cuando se trata de cumplir.

Por eso tengo terror a coincidir con tus palabras, las que repetías con el convencimiento y la firmeza que dosificas y reservas sólo para un par de momentos y situaciones. Con esa seguridad que de vez en cuando te ilumina.

Ya pasó un tiempo, el suficiente para borrarte y borrarme. El suficiente para saber que no todos los caminos conducen a Roma. Pero a veces cuando ando por la calle, voy mirando al piso. No vaya a ser cosa que pase lo que me prometiste: que el destino tenga tu forma y me guiñe el ojo, al doblar la esquina.

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