Cambiar de piel

 

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Poner la música tan fuerte que vibraban las cristales. Quizás así a la distancia, podía escuchar todo lo que quería decirle, con una sola canción.

Despedirse, una y otra vez, siempre “para siempre, con cara de normal aceptación y de “ es lo mejor”, pero llorar a moco tendido al doblar la esquina. Para no mostrar debilidad, para no mostrar confusión.

Ser la telenovela del revistero y del que lava los autos que, a falta de televisor, disfrutan de este show de una vez al mes, y se juegan un cerveza para ver quién predice el verdadero final.

Acostumbrarse a que los enojos y susceptibilidades le costaban el saludo.

Despedirse con un beso que no se sabe qué es, uno medio de costado, no muy definido. Por las dudas, después haya que confirmar algo. Precisar qué es esto. Explicar qué somos.

Sostenerse a una promesa de hace 10 años. Y seguir esperando a que la cumplas.

Entender que un par de copas son un buen desinhibidor de besos. Pero también una buena excusa por la mañana.

Dormir tan pegados que dos cuerpos parecen uno solo. Casi fundidos. Pero dormir en medias y en camisa, para despertarse a las 5.30, antes de que el sol confirme que amanecimos juntos.

Arder tanto y durante tanto. Arder de emoción/bronca/dolor/sorpresa. Arder hasta decir ya es hora de cambiar de piel. Y es hora.

Cambiar de piel no era el plan original. Pero es el que urge porque la debacle

emocional es INMINENTE.

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