“Que la tradición no se pierda, reinita”

Las calles del DF desbordan música. Cerca del Centro Histórico y en la Avenida Reforma, es posible encontrarse con los populares “organilleros”, un personaje pintoresco encargado de mantener viva la tradición de su país y en él.

Sus días transcurren en las calles mexicanas, entre el ritmo ajetreado de la gente. Ellos están ahí, girando una manivela y llenando la vida de música. Impecables, se los distingue por su “uniforme” de trabajo: pantalones, camisa y gorrito, color beige.

Recordaba las calles las grandes ciudades de mi país, Córdoba o Buenos Aires, a las 8 de la mañana: la gente apurada, la bocina ensordecedora y uno que otro insulto por ahí. En cambio, ahora podía darme cuenta que alrededor también había una ciudad moviéndose y gente llegando tarde al trabajo, pero esa melodía que acompañaba mis pasos, conseguía tapar todo lo otro. Como un aislante.

Le dije que me imaginaba que el camino al trabajo se hacia mucho más placentero con ese sonido y, con pena en la mirada, me dijo que no. Me comentó que su trabajo está muy desvalorizado y que al trabajar en la calle, veía de todo. “Pasan chaparritas como tú, que se acercan a preguntar de qué se trata y valoran nuestro oficio. Pero también pasa gente que te grita por lo bajo “ponte a trabajar”. Crack, fue el sonido que hizo mi corazón al romperse. Sabía bien lo que significaba ser desconocido en algo que cuesta esfuerzo. “No importa, yo pongo la cara y sigo”, agregó.

El organillero siguió la charla, contándome un poco la historia: la cajita de madera u órgano llegó a México de la mano de los alemanes, en la época de Porfirio Díaz. Desde entonces, existe el oficio y en la actualidad, se calcula que existen 70 en todo México. Algunas en la calle, otras en los museos. Otro motivo que me hizo sentir afortunada de haberme cruzado con este músico en el camino.

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¿Cómo se vive de esto?, le dije. Una pregunta que siempre hacemos los que alguna vez pasamos por la academia, casi como esperando que me hablara en términos de salario. “Vivimos del amor al trabajo y del respeto a la tradición”. Sentí como el calor me subía al rostro y se me puso la piel de gallina: esa era la respuesta que estaba buscando hace tiempo. Salirse de la comodidad que da un sueldo estable para pasar a hacer algo que me haga feliz, sin importarme los contratiempos.

“No recibimos un salario del Estado, sólo juntamos lo que nos deja la gente”, me dijo. “Aún así, no dejaría mi trabajo”, agregó. Luego me siguió contando que tiene algunos amigos que se van a otros lugares, como por ejemplo Guadalajara, y allá van a probar suerte. A algunos les va muy bien porque la gente los invita a comer a su casa o los valoran más, según me comentaba.

¿Qué música sale de allí adentro? Vals, me respondió. Pero luego se fueron agregando otras melodías ya que cuando se fueron rompiendo, se pudo empezar a “programar” algo más. “Los chicos van muy enchufados en su mundo, con su música. Si se varía un poco, capaz se interesen”. En un ánimo conciliador, en lugar de batallar o ser rencoroso.

Después de conversar un poco más, seguí camino. Le pedí el gorrito para dejarle una moneda y le agradecí. El me agradeció más todavía por el interés y cuando me iba me gritó “que la tradición no se pierda, reinita”. Y así será… Porque casi como una deuda pendiente, reviví la tradición en estas pocas líneas y  así ayudamos a cuidar el patrimonio cultural de México.

Y parece que al fin y al cabo, sólo se necesitan una cajita de madera, un organillero y amor por el trabajo para llenar las calles de DF con música y dejar a un corazón contento.

 

P/d: esta publicación me pertenece, pero originalmente la compartí en un sitio llamado Zoom Mexico, que ya no existe. 

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